PROSA

Visillos a contraluz.
Escritos de cuarentena

Por Diego Hidalgo

Cuando todo esto inició yo estaba completamente solo en un departamento de 32 metros cuadrados. Las noches de Santiago comenzaban a ser vacías y silenciosas. Esta soledad ha sido la única compañía en los últimos meses. Desde los primeros días me dediqué a observar la ciudad instalado en un pequeño balcón de un piso 22. Afuera hay una pandemia y la gente se resguarda en sus hogares, algunos por obligación y otros por temor a contraer el virus desconocido. Hacia la izquierda mi vista es privilegiada; una virgen se ilumina por las noches en la punta del cerro San Cristóbal, hasta que el sol se asoma en la cordillera de los Andes. A la derecha el panorama es opuesto; edificios grises y apretados no permiten ver otro paisaje que no sea el de la intimidad de las personas que allí habitan; son jóvenes chilenos y solitarios, con vecinos venezolanos y colombianos que conviven en espacios reducidos.

Aquí descubrí que la mayoría de las personas no cierra sus cortinas por las noches y que los visillos funcionan a contraluz. Quienes están del lado luminoso quedan a la vista de cualquiera, expuestos como en una historieta; los ventanales de los edificios se transforman en viñetas con relatos en su interior. Me obsesioné con la idea de que algo interesante descubriría si cada día me dedicaba a observar por un par de horas. Quizás un crimen, un asalto a mano armada, una muerte, un suicidio, una aventura amorosa.

En los últimos pisos del edificio de enfrente vive una mujer joven, de unos 27 años. Fuma cigarrillos en el living con todas las luces encendidas mientras habla por celular. En la habitación su cama siempre está desecha y por lo general ella viste con pijamas de polar. Pienso que no solo su departamento es idéntico al mío, probablemente también su vida; primera vez viviendo sola y con un sueldo que se desvanece entre el arriendo, la mercadería, las cuotas de la deuda universitaria, los gastos comunes, el internet. Quizás le sobre algo para unas cervezas el fin de semana, drogas y algún libro. El resto se puede comprar con tarjeta de crédito, pagar más lentamente y de forma menos dolorosa. Tal vez se comunica con su madre, que debe vivir a varios kilómetros de distancia y le ruega que se cuide, o quizás con su novio, que también vive lejos, mientras se entusiasma al sentir que cada día finalizado es uno menos para volver a verlo, pero luego se desanima, pues no sabe cuántos son los días que restan. La he visto desplazarse de un lado a otro en forma repetitiva y creo que a veces la domina la preocupación.

Una pañoleta verde y otra morada en un balcón me sugieren que algunos pisos más arriba viven dos feministas. Una es rubia y alta, la otra un tanto más baja y de cabello negro azabache. Creo que deben estar por los 35 años. No sé si son pareja o amigas, pero pasan las horas juntas en ese departamento pequeño. Cocinan por las noches y al finalizar reparten los alimentos en varios potes de aluminio. De seguro empezaron a vender colaciones cuando quedaron sin trabajo y el Estado las abandonó a su suerte. En mi edificio no son pocos los arrendatarios que hicieron lo mismo. Bajo mi puerta llegan los avisos escritos con lápiz pasta y el número de contacto. Se venden trozos de torta, huevos, queso, pan de masa madre, arepas venezolanas, empanadas de pollo y hamburguesas. Cuando los leo me entra un terror. Me imagino sin trabajo y sin ideas de cómo salir adelante. Yo no sé tantas cosas como mis vecinos, no cocino bien, no podría vender tallarines con salsa todos los días. Soy torpe, malo para las matemáticas y los negocios.

Fotografías © Diego Hidalgo

Miro mis plantas y me imagino vendiendo suculentas, pero temo que no resultaría. Soy demasiado nuevo en esto. A diferencia de una de las personas de enfrente que ornamenta sus espacios con arbustos y bellas flores. Ella debe tener unos 50 años y es la única que me saluda cuando me descubre en mi balcón. Muchas veces he querido preguntarle el nombre de cada una de sus plantas y algún consejo botánico —cómo lo hace para evitar que se sequen si el sol apunta directo, cuánto tarda en nacer una flor y cuánto en marchitarse, cómo evita que lleguen los mosquitos a arruinar el paisaje—, pero no me atrevo. Me sentiría ridículo gritando de un balcón a otro, así que solo le respondo el saludo con mi mano.  

Varios de los departamentos se fueron desocupando. En uno de ellos vivían cuatro personas en un espacio ínfimo y sin cortinas. Respondo a los estereotipos y concluyo que son extranjeros; tres mujeres y un hombre joven. En el balcón colgaban sus bicicletas y entre los pocos muebles que tenían, guardaban una mochila fluorescente en forma de cubo, como las que usan quienes se dedican a repartir pedidos de comida a domicilio. Eran buenos para la fiesta, prendían luces de colores, bailaban reggaetón al menos una vez por semana y por las noches, antes de dormir, instalaban un colchón en el piso y lo cubrían con frazadas. Tal vez eran recién llegados a Chile y aterrizaron aquí gracias al falso relato de que este es un país económicamente próspero. Cuando lograron al fin conseguir un arriendo, llegó el virus y todo se volvió adverso. Si no hay Estado para los chilenos, menos para ellos y no tardaron tanto en darse cuenta. Hicieron una fiesta desenfrenada, cantaron y bailaron hasta el amanecer, luego empacaron sus pocas cosas y desaparecieron para siempre. 

Una noche los helicópteros sobrevolaron demasiado cerca de nuestras cabezas. Las redes sociales virilizaban las primeras protestas pandémicas en las poblaciones de Santiago. Era gente que reclamaba hambre. La mujer del pijama de polar empezó a golpear una olla, mientras gritaba consignas contra el presidente. Tímidamente se sumaron un par de personas más, pero media hora después volvió el silencio y con él mi soledad. Con las luces apagadas me asomé al balcón, tomé aire y expulsé un grito como el de Freddie Mercury que luego alguien repitió a lo lejos. ¡Eo! Insistí, ¡Eo! Me volvieron a responder, cada vez más voces lejanas desde distintos balcones confinados. Logramos un Live Aid, como el del 85 en Wembley.

Algunos vecinos reclamaron y otra vez el silencio. Esa noche dejé las cortinas abiertas.


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© Diego Hidalgo

Acerca del autor:
Diego Hidalgo (Valparaíso)
Periodista dedicado a la difusión cultural. Ha colaborado en distintos medios de comunicación, diarios y revistas digitales, cubriendo literatura, cine y música.

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