ENTREVISTAS

Imagen de portada © Diego Mellado

Camilo Norambuena Madariaga: “En un mall pueden verse todos los pecados capitales”

Conversamos con el autor de Horario Mall (Oxímoron, 2021), un libro de poemas que habla de la precariedad laboral, del consumo y de la amistad en el mundo del trabajo y en los tiempos del capitalismo. La bitácora de una jornada de trabajo en horario mall.
Por Diego Muñoz Cortés

Bajo mi lectura, Horario Mall, primer libro del poeta Camilo Norambuena Madariaga, es la bitácora de un empleado que sintoniza a la perfección con el espíritu de miles de trabajadores que entregan sus fuerzas productivas para hacer subsistir (y subsisten) al simulacro y al artificio que oferta el mall en sus vitrinas y pasillos. Un lugar en el que la luz nunca se apaga, “donde nada se cocina con amor”, en el que el aire acondicionado soslaya los sellos característicos de las estaciones del año y la cultura se remite a un asunto de eslóganes publicitarios. No importa la metamorfosis que venda, en el mall, todos los días son el mismo día.

El título, dotado de 127 páginas que se dividen en 3 pisos, se nutre de dos voces: una íntima o experiencial, que retrata sin pudor alguno las vivencias del escritor y de sus compañeros como trabajadores de un centro comercial. En este sentido, Norambuena Madariaga pareciera abrazar esa idea riechmanniana que dicta que el poeta no solo padece sus dolencias, también las explota, se sirve de ellas. El infierno de las cañas para la quincena, la multiplicación de los panes para el desayuno, el robo hormiga. Un ejemplo de lo anterior, sería el poema Escondemos la ropa:

“En puntos ciegos de las cámaras
debajo de la caja
detrás de los espejos
que los clientes ni la jefa descubran
regalos que por fecha no podemos comprar” (pág. 104)

Y la otra voz, de corte documental, que va registrando todo a través del lenguaje de la evidencia: liquidaciones de sueldo, fragmentos de formas contractuales, protocolos sanitarios, ofertas laborales, más algunas tragedias e infamias ocurridas en estos centros comerciales y que hoy solo recordamos en archivos de prensa. Esta voz —que contiene claros traspasos de los esfuerzos activistas de la poesía documental— rescata citas, archivos y hechos históricos con el afán de convertir al poema en un mecanismo de documentación, memoria y denuncia. Tal es el caso del texto Un niño de la edad del mall que recoge la muerte de un menor de 10 años al caer desde el tercer piso del Mall Florida Center en el año 2013:

“[…] Una operaria de cocina palpa su teléfono
apoyada en la baranda del tercer piso
ve el cuerpo de un niño caer.

Los gritos se vuelven réquiem
la madre no entiende, no entiende, no para de llorar
llegan paramédicos a taparlo con una carpa.

Una voz en off anuncia ofertas irrepetibles.

El niño muere camino al hospital”. (Fragmento, pág. 114)

Otra posible lectura —con esto cierro— levanta a “Horario mall” como un manual de supervivencia para trabajadores. Una guía que contiene parte de lo necesario para subsistir en el submundo de los centros comerciales: instrucciones para ordenar y disponer ropa, una antología con plantillas sobre cómo ser rechazado por los clientes, los consejos de jefes de tiendas con almas de coaches motivacionales y las recomendaciones a la hora de dibujar una persona bajo la lluvia en una entrevista de trabajo. Tutoriales que forman parte de este libro que encierra la venganza retroactiva de un trabajador en constante duelo con las lógicas transaccionales inherentes al mundo laboral, que nos viene a recordar algo importante: el trabajo no siempre dignifica. O como sentencia el poeta y librero Carlos Cardani Parra en la contratapa de esta publicación: "Nadie viene aquí a hacer amigos. Nadie está aquí por gusto. Solo se está aquí por el dinero". 


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Mobirise
Liquidación de sueldo inserta en Horario Mall

—Para quienes hemos trabajamos en un mall, tus poemas se pueden leer como una bitácora, el registro del día a día de un trabajador de un centro comercial. ¿Qué diferencia al empleado de mall de otros empleados?

En algún momento creí que lo que diferenciaba era el submundo del centro comercial. Podría ser el edificio, un lugar hecho para el goce de otros, y, posiblemente, también para uno en la quincena. No sé. Quizás el hecho de no tener fines de semana, o que hay mucho tiempo muerto. Pienso igual en el tema de trabajar por comisiones, que al final es lo que te hace el sueldo, como en tantas pegas del sector servicios como garzonear o trabajar por propina. También están las pegas de aseo o de comida rápida, que funcionan distinto. En ese caso, no existe un solo tipo de empleado de mall. Por otra parte, es importante lo que nos iguala como trabajadores ante situaciones de explotación, de presión laboral o, simplemente, cómo resistimos a un trabajo charcha o monótono. Ahí el espacio mall hace la diferencia, más al conocerlo tras bambalinas.

—¿Cómo se origina el ejercicio escritural de Horario mall?

Se origina en dos instancias. Una obedece al proceso escritural y otra a la experiencia personal. En este último caso, por haber pasado parte de mi vida trabajando en el mall, en tiendas de retail y en algunos locales de comida rápida. Creo que de esa experiencia este libro tuvo su génesis: en la reflexión diaria, en el tiempo muerto, esperando que termine la jornada, incluidas las conjeturas que nacían en esas pegas que iniciaron mi vida laboral. En ese tiempo existió un ejercicio de escritura, pero muy en ciernes; algunos textos que fueron el germen de lo que es el libro publicado. Por otro lado, el proceso escritural se intensificó al alero de mi participación en el Taller Lorkokran, donde me doy cuenta que a través de las lecturas críticas de otros escritores, y la posterior corrección, edición, escritura y reescritura, que los poemas podían tener sentido como unidad y que el texto mismo en su desarrollo trataría temáticas que trascienden a la experiencia personal. Considero que, en el trabajo, pocas cosas son personales.

—Hace un tiempo atrás, mientras bebía una cerveza en un bar, se acercó un hombre con la clara intención de venderme algo. Ese algo no era otra cosa que un libro de poemas. Ante la insistencia del poeta, no supe negarme. Uno de los poemas (aún conservo el libro), rezaba así: “Los poetas también tienen su infierno/ y no es el de Dante/ los poetas tienen su infierno / y este es un mall”. ¿Qué te parecen estos versos? ¿Conversan con tu experiencia como trabajador de mall?

Me parecen interesantes, no los conocía. Me remite a la idea del mall como espacio de bienes transables, o su apariencia higiénica, cínica. Por momentos, para mí fue un infierno trabajar en el mall. Y bueno, también la referencia a los niveles del infierno. Al final en un mall pueden verse todos los pecados capitales. 

Ilustración de interior

—El mall reemplaza la cultura comunitaria tradicional por una nueva cultura corporativa. En estos espacios, ¿cómo se vive la amistad, el amor, lo comunitario? Elementos presentes en las relaciones humanas y que también le competen a la poesía, a la escritura.

Durante mucho tiempo me ha sido complejo pensar lo comunitario como algo posible más que en gestos o interrupciones al ritmo de nuestras sociedades. Quizás el día que podamos hablar de lo comunitario sin necesidad de decirle comunitario, podremos no hablar de una cultura comunitaria, y me cuesta mucho imaginarme eso dentro del capitalismo. Por eso profundizaré en las interrupciones.

Las formas de vivir lo colectivo en el mall, o al menos en lo que respecta al poemario y a mi experiencia, radican en el constante duelo entre las lógicas transaccionales del mundo laboral, la frialdad o hipocresía obligada propia de la venta y la prestación de servicios, y la forma en que, como trabajadores, hacemos resistencia a esa cultura corporativa. Claro, no elegimos a las personas con las que trabajamos, tampoco nuestras jefaturas, ni a la clientela y sus mañas. En esas instancias, como en cualquier trabajo, nos alejamos un poco de las personas que somos realmente para recibir un salario, un bono, una comisión.

Para mí, sin embargo, el potencial de todo trabajo hecho con más personas alberga la posibilidad del encuentro, de conocerse en el encierro, contarse la vida, de salvarse el culo mutuamente; aprender de las peculiaridades de cada persona y, con el tiempo, generar códigos o rituales que logran interrumpir o hacer menos dura una jornada. Por qué no, relaciones que trascienden al mall en su cultura individualista, empaquetada y protocolar.

Eso creo que es terreno de las artes, pero sobre todo terreno de la ternura. Y lo político de la ternura cuando no hay sindicato u otras herramientas para dignificar tu trabajo sin que te sapeen, te echen o te hagan la cama.

—En el Piso 3 de tu libro abres el apartado con una serie de eslóganes publicitarios de los que se valió el mall para promover campañas culturales. “La cultura ocurre donde está la gente”, “La cultura nos junta”, “La cultura nos apasiona”, entre otros. ¿En qué se convierte la cultura en el mall?

Creo que al mall le gusta vender la ilusión de diversidad, o, si me pongo cuático, llevar a cabo procesos de asimilación, como cuando ocupan y descontextualizan expresiones como el grafiti para adornar las tiendas, o arrendar espacios a artesanos o a una persona que vende mermelada o jabones caseros y que les llegue el goteo de las grandes tiendas. Si ese apoyo es sincero o no, me inclino más por creer que es una forma de blindarse reputacionalmente, y, bueno, también hay personas, entre ellas artistas, que buscan vivir de sus creaciones. Ellos verán si eso implica un conflicto ético o estético.

Por otra parte, si asociamos cultura con las artes ¿qué tipo de espacios tiene el mall para estas expresiones? La mayoría tiene cine, otros tienen teatro, librerías o música en vivo. El mall se asocia comúnmente a expresiones más a la par con la mass media y el valor comercial de la producción artística que proviene, generalmente, de la gran industria del cine, del libro, de la música, y, por lo tanto, a obras que asumimos, a priori, con poco sentido crítico. Por lo menos a mí me gustan las expresiones artísticas que evocan cuestionarse la realidad o los sentires. Pero dónde está la gente, diría Mall Plaza, o dónde está el arte crítico que solo llega a quienes lo buscan.

Horario Mall (Oxímoron, 2021)

—En tu libro se mencionan varios centros comerciales, pero creo que se pone énfasis sobre uno: Mall Plaza, un centro comercial que vende el simulacro de una experiencia urbana, la “nueva plaza”. Bajo tu mirada. ¿Cuál es la identidad del urbanita de mall?

La identidad de cada cual que visite un mall. Deben ser pocas las personas que no han pisado un mall si hay un mall en su ciudad. Los motivos que te acercan son tantos como tiendas, los locales de comida o las películas en cartelera. De ahí desprendo que pueden existir visitas puntuales o, en casos extremos, personas que hacen consumo-terapia. En las zonas grises tienes parejas, familias, mecheros, personas recogiendo latas o restos de comida. Para mí, en lo personal, ir al mall es una experiencia fome y estresante, pero también he vacilado las papas fritas o comprado unas tillas que quería mucho. Todo esto también está en la calle, pero acá no existen o, más bien, se ocultan los avatares de la calle. En ese sentido, La idea de la plaza es, como bien dijiste, un simulacro: un espacio fresco en verano y cálido en invierno ¿qué plaza del exterior es ajena al clima? Claro, también hay un componente territorial y, en ciudades como Santiago, de clase. No es la misma clientela que va a Mall Plaza Alameda o Tobalaba, que la que llega a Los Dominicos.

—Un poco más arriba mencionabas que compartiste estos poemas con los integrantes de un taller literario. ¿Alguna vez tuviste oportunidad de compartirlos con algún ex compañero de trabajo? De ser así, ¿Cuáles fueron sus impresiones?

Sigo siendo amigo de muchos compas de esos años. Con quienes tengo mayor comunicación les comenté que estaba escribiendo este poemario en su momento, y algunos ya adquirieron un ejemplar, por lo que espero ansioso conocer su opinión, si el texto la merece. Lo que sí me sorprendió gratamente es que lo han leído personas que han trabajado alguna vez en horario mall y me comentaron que, además de generar una atmósfera propia del trabajo en ese mundo, existen pasajes del libro donde se han reído. Y eso también me hace reír.

—Y para cerrar, no podemos dejar de preguntar, más aún por el interés que nos despierta como proyecto. Con respecto al apartado BIENVENIDOS AL PATIO DE COMIDAS, ¿podrías profundizar sobre los versos: “sin viento, sin pasto, sin flores, donde nada se cocina con amor”?

Un patio de comidas puede tener buen sistema de ventilación; pasto, flores plásticas o naturales. Pero dentro de la cocina, detrás de la barra, con una fila de gente hambrienta, el patio es cada vez menos patio. Puedes encontrar de todo en una hamburguesa, pero nunca una carita de kétchup. Al menos no una sonriente.

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Acerca del autor de Horario mall:
Camilo Norambuena Madariaga (Santiago)
Obtuvo mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral (2017), fue becario de la Fundación Pablo Neruda (2013) y segundo lugar en el V Concurso de Poesía del Instituto Chileno-Norteamericano de Cultura (2010). Horario mall es su primer libro.

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